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Circuncisión infantil: "Lo que desearía haber sabido antes"

por Marilyn Fayre Milos

Publicado en The Truth Seeker, "Crimes of Genital Mutilation" ("Los crímenes de la mutilación genital"). (Julio/agosto) 1989; 1(3):3.


No tenía ni idea de lo que era la circuncisión cuando la consentí en mis tres hijos. Mi médico me dijo que simplemente era una medida de salud, que no dolería y que se realizaría de forma rápida. Imaginé que sería como cortar el cordón umbilical. Me di cuenta de que en realidad no sabía nada cuando, en la escuela de enfermería, años después, vi como realizaban este procedimiento por primera vez.

Los estudiantes desfilábamos por la sala de recién nacidos para encontrarnos con un bebé atado y despatarrado en una superficie de plástico sobre una encimera. Luchaba contra las ataduras; tirando, gimoteando y llorando desesperadamente. Nadie cuidaba del bebé y al pedir a la instructora que me dejara tranquilizarlo, me dijo: "Espera a que el médico regrese". Me pregunté a mi mismo cómo una profesional de la salud podía ver a alguien sufrir de esa manera y no ofrecerle ayuda alguna. Llegué a preguntarme hasta que punto un médico podía impedir a los demás el seguir nuestros instintos de protección. Cuando llegó, enseguida me ofrecí a ayudar al bebé. Me dijo que pusiera mi dedo en su boca; así lo hice y el bebé comenzó a chupar. Sujeté su pequeña cabecita y le hablé con cariño. Comenzó a relajarse y por un momento se calló.

Pero el silencio pronto se interrumpió con un grito de dolor; era la reacción del bebé después de que el médico le pellizcara y apretara el prepucio al colocar una abrazadera en el pene. El chillido se intensificó en el momento en que el doctor insertó un instrumento entre el prepucio y el glande (la cabeza del pene), separando uno del otro (normalmente están unidos el uno al otro durante la infancia, ya que el prepucio protege la zona sensible del glande de la orina y las heces). El bebé comenzó a sacudir la cabeza hacia atrás y adelante (la única parte del cuerpo que podía mover) mientras el médico usaba otra abrazadera para sujetar el prepucio en toda su longitud para luego cortarlo. Esto hizo que el prepucio se abriera lo suficiente para insertar el instrumento de circuncidar, usado de tal forma que el glande quedaba a salvo de cualquier daño durante la operación.

El bebé comenzó a gritar sofocádamente, medio atragantado y sin respiración a causa de los gritos continuos. ¿Cómo puede alguien decir que la circuncisión no duele cuando el sufrimiento es tan obvio? Me empezó a temblar el labio inferior mientras los ojos se me inundaban de lágrimas. Llegó un momento en que no pude contener el llanto. ¿Cuánto va a durar esto?

El siguiente paso fue aplastar el prepucio contra el instrumento quirúrgico para, finalmente, amputar. El bebé, trás la operación, quedó exhausto y agotado.

Desde luego, yo no estaba lista para vivir semejante experiencia, ni creo que lo hubiese podido estar. Ver como cortaban al bebé esa parte del pene, sin anestesia, era algo devastador. Pero era incluso más chocante el comentario que hizo el médico en voz baja mientras el bebé gritaba: "No hay motivo médico para hacer esto". No podía creer lo que estaba oyendo; se me doblaron las rodillas y se me encogió el estómago. No podía creer que médicos profesionales, dedicados a ayudar y sanar, pudieran infligir tanta angustia y dolor, de manera innecesaria, a un bebé inocente.

¿Hasta que punto estaría permitido hacer sufrir a mi propio hijo? ¿y por qué?

Mi vida cambió ese día de 1979. A partir de entonces, he dedicado mi vida a poner fin a esta práctica atroz.

"SI HAY ALGO QUE
ES SAGRADO,
ES EL CUERPO HUMANO"

--Walt Whitman
The Children of Adam